Los ucronistas comenzaron su trabajo de forma silenciosa. Documentaron las historias imposibles que el tiempo -hasta entonces- consumia y ahogaba. Era un grupo extraño de mentes resilentes producto -en su mayoria- de un exceso de mala television. Los pobres se creian heroes. De su existencia solo queda este articulo.
Vinculos
Le hable a mi siquiatra de ti. Me dijo lo obvio, seguramente porque no le conté todo. Que nadie es imprescindible. Que es malo centrarse en otro. Que lo primero es sanar uno mismo. Basura. Hablaba de ti como si te conociera y entendiera los eventos sagrados que nos sucedieron y terminaron uniendo nuestras circunstancias hasta entonces perdidas.
La primera vez que lo conocí, el - no diré su nombre (no se su nombre)- me pidió dibujar un árbol y de alguna forma naif hacer que mi verdadero yo –bueno, sano- floreciera en el ramaje. En la segunda sesión se lo entregue y me miro desconcertado. Se tomaba la nuca, movía la cabeza, quizás para entender porque cada hoja de mi árbol llevaba tu nombre. Desde entonces que lo veo a diario.
Nunca pude explicarle el poder del verso que nos ataba. Pensé en lo absurdo que le parecería mi devoción a tus letras y los rituales –míos, solo míos- que manteníamos. Te encontré en ese lugar oscuro y enorme de casualidad, saltando. Caí en tu diario –mi vida- y desde cada uno de tus posts reconstruí tu vida entera.
Supe –como nadie- de tus amores duros y amargos, del departamento nuevo y tu cama amarilla, de cuanto odias a tu madre y esa obsesión que a todos ocultas por la nutella. Vi lo mal que viste tu amiga Ale y me fascinaron tus zapatillas blancas. Te escribí un par de veces desde el abismo sicotropico que me consume. Y nunca respondiste. Aunque no te lo pedí, sabias lo mal que estaba y lo respetaste. Tu silencio fue nuestro pacto. Me entendías, y desde lejos nos encontramos mudos y cómplices.
Te conté –esta ultima vez- lo que haría. Y no respondiste: tu también lo querías.. Estábamos conectados. Hiciste todo perfecto y no dijiste nada. Te espere en el departamento del cumpleaños aquel, te vi venir por esa calle que odias en invierno, sola como todos los jueves. Cuando tome tus manos parecías algo confusa, seguramente por la emoción del encuentro. No quise que arruinaras el momento, te tape la boca -con fuerza pues resistias- y susurre: “nos vemos en los lugares que no existen.”.
implosion
Era mi peor enemigo y yo su cómplice fiel. Planeó mi muerte con precisión y anticipación escalofriante. Se despidió de mi -yo sin entender- con una caricia mecánica - a sangre fría, sin necesitar mas que unos gramos de tinta. Pero en realidad, lo sabia porque hice mi parte del plan. Tome -claro- las precauciones necesarias para no enterarme de los detalles mas importantes, ni de las acciones claves. Actué -como correspondía- a ciegas, y ejecute mi homicidio de la manera mas limpia: sin resistencia ni consentimiento. La idea, el concepto como diríamos tu y yo -también el- lo encontré en ese/este relato que me mostraste sin presentir el trágico fin que nos uniría. Así también es que eres cómplice de el, como yo lo fui. Pusiste los pasos en mi mochila con elegancia. El texto era/es complejo y difícil de desentrañar. Parecía de lejos una pequeña jugarreta del lenguaje -¿lo ves?; un ejercicio de metaficcion, una tontera de aquellas. Pero la esfera era en realidad un poliedro de infinitos lados, entramado con un hilo oscuro, casi -me atrevo ahora con toda propiedad a decir- algo satánico. Es cosa de mirar con cuidado, pero sin cuidarse demasiado, para llegar a encontrar la punta de la madeja. Basta entonces -desde el abismo que es todo final- tirarse para oír los rumores árticos de mi voz, que es la tuya -y la mía también- para comprender que este, lo que ahora tienes, no es un fin, pero el fin. La ultima palabra abre el cerrojo y hace del acertijo un manjar exquisito que solo puede llevarte, llevarlo, llevarme a donde ya estamos, y luego colapsar. Recursividad.